Los últimos eventos meteorológicos vuelven a recordarnos que los llamados desastres naturales son, en realidad, socionaturales: sus consecuencias dependen tanto de la intensidad de la naturaleza como de la forma en que hemos ocupado, diseñado y administrado el territorio. Las lluvias activan quebradas y cursos de agua que pueden permanecer secos durante décadas, que amplificarán su volumen e impacto después de cada incendio en la cuenca.
Los daños obligan a revisar el calendario de obras, criterios de diseño y decisiones de urbanización. Pero también podemos reconocer aquello que funcionó. En distintos episodios recientes hubo destrucción de bienes e infraestructura, pero determinadas medidas de planificación contribuyeron a evitar más pérdidas de vidas humanas. La adaptación también consiste en aprender de las capacidades que ya hemos construido y corregirlas. Chile tiene experiencia.
Las piscinas y obras de control aluvional del Norte Grande, y también algunas existentes en la zona central, muestran una manera de enfrentar el riesgo reconociendo cauces y flujos antes de que ocurra la emergencia. Son infraestructuras que pasan inadvertidas durante años, poco interesantes para el cortoplacismo electoral, pero de enorme valor cuando llega un evento extremo. Mantenerlas, evaluar sus
Fuente original: Diario Talca
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