En noviembre de 1957, semanas después de recibir el Premio Nobel de Literatura, Albert Camus escribió a Louis Germain, su profesor de la escuela primaria en Argelia. Le decía, más o menos así: “Sin usted, sin esa mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, nada de esto habría sucedido”. Camus era hijo de una madre que no sabía leer.
Fue un profesor quien lo vio y quien lo preparó para una beca. Gabriela Mistral, niña del valle del Elqui, fue profesora rural antes de ser poeta y Premio Nobel. En 1920, como directora del liceo de niñas de Temuco, conoció a un adolescente, hijo de un maquinista ferroviario, y le prestó novelas rusas. Ese muchacho era Pablo Neruda.
Una profesora acercando libros a un niño: así empiezan muchas historias. Nicanor Parra, hijo de un profesor primario de una familia modesta de San Fabián de Alico, fue profesor de física y matemáticas, y antipoeta. Cuatro escritores. Cuatro orígenes humildes. Ninguno tuvo una cuna de oro que anunciara su destino. Los cuatro tuvieron escuela.
Esa es la promesa de la educación: que el lugar donde naciste y la familia
Fuente original: Diario Talca
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